DESENCANTO MATINAL

 

 

Pobre solterona te has quedado, sin ilusión, sin fe...
Tu corazón de angustias se ha enfermado,
puesta de sol es hoy tu vida trunca.
Sigues como entonces, releyendo el novelón sentimental,
en el que una niña aguarda en vano consumida por un mal de amor.


(De Agustín Bardi y Enrique Cadicamo. Circa 1930)

 



Ella era fiel, fiel, fiel, fiel. Fiel como las tórtolas. Fiel como las golondrinas. Fiel como los perros de los sulkys. Hasta que un día algo le rompió el corazón. No podía creer lo que veía.
Casi un año transcurrió desde que lo había conocido. En aquel momento sintió como un golpe en su pecho. Y poco a poco él la absorbió. A partir de ese día comenzó a abandonar todas sus actividades de solterona irremediable. También se alejo de sus amistades, rechazo invitaciones a salidas, fue abandonando sus costumbres, todo con un solo fin: verlo a él a cada rato. Por esa razón hasta casi pierde su trabajo. Evidentemente su fidelidad llegaba a límites extraordinarios, casi demenciales.
Y ahora sus ojos no daban crédito a lo que veían. Espantada pensó que justamente la noche anterior había soñado con él, aunque no era la primera vez que lo hacia. Anoche habían estado en un bar muy cálido, de mesas antiguas de un color marrón oscuro, sillas al estilo, piso de pinotea mas lustrado por el uso que por la cera, paredes decoradas con fotos muy antiguas de actores y actrices cinematográficos extranjeros, luces de poca potencia y casi escondido en un rincón penumbroso, un pianista que desgranaba melodías románticas. El mozo sirvió los dos cafés y discretamente desapareció. El tomó el sobre de azúcar y lo volcó en su taza en gesto galante; luego hizo lo mismo en la suya. Mientras revolvía su taza, clavo los ojos en los suyos. A ella le gustaban sus ojos aunque reconocía cierta frialdad en la mirada. También le gustaban sus cabellos rubios y el cutis terso pero varonil. Siempre prolijo en su vestimenta - seguramente de marca y valor elevado -, se lo notaba culto en el hablar. Pero lo que más la impresionaba era el sentido seductor de sus palabras y modales. La ayudaba a sacarse el abrigo, lo acomodaba en un brazo mientras le retiraba la silla para que ella se sentara, luego depositaba prolijamente la prenda en una tercera silla y recién entonces se sentaba. Le tomaba cariñosamente sus manos con las suyas - eternamente frías -, y la invitaba a elegir que tomar. Y allí estaban en el sueño. Los dos frente a frente. Hasta hablaron.


- Le tengo envidia a esos reyezuelos moros que tienes en las mejillas, le dijo él con cariño.
Ella se sonrojo. Sabia que se refería a unos pequeños lunares que tenía en el rostro.
- Son como los cuidadores de un jardín de amapolas, continuó él.
- Una vez te dije que me gustan los mimos, pero ya me estas acostumbrando mal, respondió ella a la lisonja.
- Si querés no hablo de tu rostro, pero me gustaría saber adonde va tu mirada cuando la guillotinan esos párpados, insistió él.
- No sé donde va, pero me gustaría que te siguiera para saber donde vivís, si vivís solo o como vivís, replicó ella en tono de reproche.
- Nunca querés hablar de ese tema y ya llevamos muchos meses, casi un año de encuentros, continuó ella mientras ponía cara de exagerada y fingida tristeza... casi de niña caprichosa.

El perdió su mirada en el humo del cigarrillo que recién había encendido, y tras unos minutos meditativos dijo como midiendo las palabras,

- La vida esta formada por momentos. La mayoría malos y unos pocos felices. Estos últimos deben disfrutarse a pleno.
Tras unos segundos de silencio, giro su rostro y nuevamente le clavo la mirada para preguntarle,
- ¿Este es un momento feliz para vos?
Ella, sobreponiéndose a ese revolotear de mariposas que se le disparaba en su vientre cuando él la miraba así, respondió,
- Sí, siempre que estoy con vos soy feliz... hasta cuando estas con tus amigos y yo paso por tu lado y te haces el distraído... el sólo pasar cerca tuyo me hace feliz.
El sonrió y sentencio firmemente,
- Entonces disfrutemos los momentos felices. Ya habrá tiempo para los detalles.


Luego el sueño derivo en lo de siempre. Abrazos y besos profundos en la despedida. Al despertar, se sorprendió por las humedades adolescentes que la habían invadido. Se ducho, se produjo de la mejor manera y corrió a su encuentro. Entonces vio aquello que le rompió el corazón. El estaba en brazos de un hombre que lo desvestía y lo acariciaba... y encima delante de sus amigos que parecían hacerse los distraídos. Sus piernas se aflojaron y todo se oscureció. Ni siquiera sintió cuando su cuerpo se estrelló en la vereda.
Carlos Molina - de profesión vidrierista -, vio como los transeúntes se arremolinaban ante una mujer caída en la vereda, pero siguió acomodando mercadería porque tenía que atender otros clientes.
Cuando terminó con el maniquí que recién había vestido un detalle curioso le llamo la atención: En las mejillas de plástico brillaba algo parecido a dos lágrimas. «Que raro» pensó, «aquí no hay goteras y afuera no esta lloviendo». Encogió sus hombros, secó la cara del maniquí con una franela amarilla y se fue.
 

Lic. Jorge Raúl Agnese

jorge_agnese@yahoo.com.ar

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